"La alegría es la piedra filosofal que todo lo convierte en oro"
Benjamin Franklin (1706 - 1790)
Si la alegría es un manantial de agua cristalina que nos llena de paz, de ilusión, de un gran deseo de amar y de un anhelo, mayor aún, de vivir ¿dónde está esa misteriosa fuente de la alegría que es, en sí misma, la fuente de la felicidad?
Me consta que muchos seres humanos se han propuesto encontrar ese manantial desconocido. Y lo han buscado como si fuera el Santo Grial: el mayor de los tesoros que uno puede encontrar, que verdaderamente lo es, por cierto. Por eso han buscado aquí y allí, fuera y dentro, sin que hasta el momento lo hayan encontrado. Es un gran misterio...
En lo que parece que nadie ha caído hasta ahora es que los niños poseen dicho secreto. Así es... Y me temo que son muchos los que no han reparado en ello. Y otros más no terminan de entenderlo aunque algo intuyen. Pero es cierto que los niños son unos pequeños sabios ignorantes: son sabios porque conocen el secreto, pero son ignorantes porque no saben que lo saben. Debido a esta contradicción, con el tiempo se ven despojados de su secreto. Así las cosas, en la adolescencia no sólo nos abandona la inocencia, también perdemos el gran secreto de la fuente de la alegría.
Y si lo dicho hasta ahora resulta curioso, más sorprendente aún es la razón por la que los niños terminan perdiendo tan maravilloso secreto. Veamos... Al igual que el rocío se evapora cuando asoma el sol por el horizonte —hasta no dejar rastro de su nocturna presencia sobre las hojas— los niños se ven despojados de su valioso tesoro cuando asoma un acontecimiento trascendental. Todos los seres humanos —que nacemos niños— perdemos el gran secreto cuando el uso de la razón amplia el horizonte de nuestro entendimiento: cuando empezamos a preguntarnos por las causas de las cosas y cuando decidimos que todo tiene que tener una causa y un fin. Ciertamente, nuestra afanosa búsqueda de excusas termina por hacer que las busquemos para algo que no necesita de razones ni de fines: la alegría. ¡La magia de la niñez se evapora!
Y es que la fuente de la alegría —que es también la fuente de la felicidad— no es otra que el puro deseo de vivir alegres: un deseo que surge de las entrañas de nuestro ser y que es parte integrante de nuestra naturaleza: puro instinto y puro deseo, un rotundo ¡porque sí! Por eso, cuando intentamos buscar un motivo o un fin, una razón o un sustento lógico y emocional, dudamos, y con la duda nace la inseguridad, con la inseguridad se asoma la preocupación y con la preocupación se marchita la alegría.
Así que, si quieres vivir alegre, ¡convéncete!, no busques escusas... Simplemente, ¡vive con alegría...! Justo como hacen los niños, esos pequeños sabios ignorantes, que no buscan motivos para estar alegres ni están alegres para algo en concreto. Simplemente lo están... Sonríen, abrazan, saltan, juegan, besan, descansan, miran con los ojos bien abiertos, lo tocan todo, curiosean, ríen, cantan, hacen amigos, corren, aman... Y lo hacen sin una razón y sin un fin. Simplemente lo hacen... ¡alegres!
Emilio M.
La fiamma nel petto





4 comentarios:
Todos tenemos una necesidad de ser amados ser correspondidos de alguna forma a lo que damos, ese empuje que el cariño da que nos empuja, fortalece para avanzar, sentinos acompañados, tener complicidad es una necesidad sin llevar a ser dependencia...
Un beso
Un mundo lleno de magia, por algo es el mundo de los niños.....
Yo creo, opino, que estoy de acuerdo con lo que has dicho pero añado que gran parte de esa despreocupada alegría que tienen los niños (que tuvimos al ser niños) parte de la falta de responsabilidades que teníamos entonces.
Despreocupación, te protegían y no tenías que preocuparte por nada, lo que te daba margen suficiente para alimentar esa alegría innata.
Un abrazo, amigo.
Alegría e inocencia... Fuentes de vida y de verdad.
Abrazos cariñosos
Verdad que al contemplar en ellos tanta ternura, tanta inocencia, a veces nos preguntamos:
Dios mío, por qué crecen...
Pero es necesario crecer, pero tratar de crecer sin perder esa belleza interior, la ternura e inocencia necesaria, una míima dosis que nos permita como hoy al leerte, sentir deseos de correr, saltar, cantar y amar, amar todo lo que nos rodeas, porque para amar no es necesario pedir permiso.
Preciosa entrada Emilio, mil gracias nuevamente por tu pluma.
Abrazos muchos
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